La historia del cristianismo no pudo comenzar bajo peores auspicios. Entroncada de manera directa con la del judaÃsmo -de la que pretendÃa ser realización y cumplimiento-, desde el primer momento dejó de manifiesto una clara oposición con este. Jesús no solo predicaba una clara desviación del exclusivismo religioso de Israel llamando a los gentiles para que recibieran el mensaje del Reino del Dios (y anunciando además que muchos lo acogerÃan con mayor gusto que los judÃos a los que estaba destinado), sino que además se manifestaba provocadoramente abierto en su actitud hacia las mujeres y, sobre todo, a los pecadores. En realidad, esta última actitud y sus propias pretensiones lo colocaron desde el principio en un camino que acabó desembocando en su ejecución.
Lejos de creer en la existencia de un grupo que podÃa ser mejor que otros y cuya afiliación garantizaba el paso a un mundo mejor, Jesús ofreció a sus contemporáneos una relación personal con Dios, una relación, por otra parte, de la que todos estaban necesitados, de la misma manera que un enfermo que requiere la ayuda urgente e imprescindible de un médico. El género humano -pecadores y supuestos justos, hombres y mujeres, judÃos y gentiles- era semejante a una oveja perdida que no sabe cómo encontrar el camino para regresar al redil, a una moneda perdida que por sà misma no podrá volver al bolsillo de su dueña, como un hijo pródigo que disipó toda su fortuna y que precisa del perdón generoso de su padre para redimiese. Jesús insistÃa en que esa salvación era posible porque Dios en Él habÃa salido al encuentro de la Humanidad y bastaba con que esta ahora no rechazara el ofrecimiento. Para aquellos que estuvieran dispuestos a vivir en la nueva relación de Pacto con Dios -un pacto basado en la muerte futura e ineludible de Jesús- se abrirÃa la posibilidad de una nueva vida vivida de acuerdo con unas nuevas condiciones. No solo es que en ella serÃa posible encontrar la salvación, no solo es que en ella se podrÃa descubrir un sentido que enlazaba con la eternidad, no solo es que en ella se vivirÃa en una nueva comunidad sin barreras raciales, sociales o de género sexual, no solo es que en ella no se repetirÃan los patrones diabólicos del poder, es que además se encarnarÃa el ideal de amar al prójimo sin lÃmites ni condiciones, un ideal digno del Dios que se encarnaba para morir en la cruz.
La predicación de Jesús era provocadora y sus afirmaciones de ser el MesÃas, el Hijo del hombre e incluso el Hijo de Dios acabaron provocando una reacción combinada que lo llevó a la muerte. Durante la Pascua del año 30 d. C. sus adversarios debieron de respirar tranquilos convencidos de que aquel controvertido personaje dejarÃa de ser un peligro y una molestia... pero se equivocaron.
A los tres dÃas, los mismos discÃpulos que lo habÃan abandonado durante su prendimiento, proceso y ejecución comenzaron a predicar la peregrina doctrina de que Jesús habÃa resucitado y se les habÃa aparecido. Por supuesto, ni las autoridades judÃas ni las romanas creyeron en aquella afirmación (¿no se habÃan ellas ocupado de arrancar de Jesús hasta el último hálito de vida?), pero no dejó de resultar preocupante cómo antiguos incrédulos (Santiago) o incluso enemigos (Pablo) se sumaban con fervor a la nueva fe que se negó encarnizadamente a morir.
En el curso de su primera década, el cristianismo -que ya recibÃa ese nombre de sus adversarios y tal vez en son de burla- habÃa comenzado a dar pasos que evidenciaban la influencia de las enseñanzas de su maestro y fundador. Admitió gentiles en su seno, proporcionó a las mujeres un papel que jamás hubieran soñado en el judaÃsmo, organizó un sistema de asistencia social en Jerusalén (con prolongaciones en otras ciudades donde se habÃa asentado), se mostró crÃtico hacia el poder polÃtico y extremó los valores contenidos en el judaÃsmo siguiendo el ejemplo de Jesús.
Antes de cumplir el primer cuarto de siglo de existencia, la nueva fe se habÃa arraigado en Europa e incluso contaba con comunidades en ciudades tan importantes como Atenas, Corinto, Éfeso, Colosas, Tesalónica, Filipos y la misma capital, Roma.
Desde luego su avance no podÃa atribuirse a la simpatÃa del imperio. En realidad, el cristianismo era -si cabÃa- más molesto en sus pretensiones, en sus valores y en su conducta para la gentilidad que para el judaÃsmo. No solo eliminaba todas las barreras étnicas en un universo donde ser ciudadano romano era una ambición de muchos, sino que, además, desconfiaba del sistema imperial, daba una cabida extraordinaria a la mujer en su seno, sostenÃa un sentido finalista de la Historia y se preocupaba por los débiles, los marginados, los abandonados, es decir, por aquellos por los que no sentÃa la más mÃnima preocupación el imperio.
A pesar de las idealizaciones que a posteriori se puedan hacer del mismo, lo cierto es que el imperio romano era una firme encarnación del poder de los hombres sobre las mujeres, de los libres sobre los esclavos, de los romanos sobre los otros pueblos, de los fuertes sobre los débiles. No debe extrañarnos que Nietzsche lo considerara un paradigma de su filosofÃa del "superhombre" porque efectivamente asà era.
Frente a ese imperio el cristianismo predicó a un Dios encarnado que habÃa muerto en la cruz para la salvación del género humano, permitiendo a este alcanzar una vida nueva. En esta resultaba imposible mantener la discriminación que oprimÃa a las mujeres condenándolas a la muerte o al matrimonio impúber, el culto a la violencia que se manifestaba en los combates de gladiadores, la práctica de conductas inhumanas como el aborto o el infanticidio, la justificación de la infidelidad masculina y la deslealtad conyugal, la participación en la guerra, el abandono de los desamparados o la ausencia de esperanza.
A lo largo de tres siglos, el imperio desencadenó sobre los cristianos distintas persecuciones que cada vez fueron más violentas y que no solo no lograron su objetivo de exterminar a la nueva fe, sino que mostraron la incapacidad de alcanzarlo. Al final, el cristianismo se impuso no solo porque entregaba -el mismo Juliano el Apóstata lo reconoció- un amor que en absoluto podÃa nacer del seno del paganismo, sino también porque proporcionaba un sentido de la vida y una dignidad incluso a aquellos a los que nadie estaba dispuesto a otorgar un mÃnimo de respeto. Constantino no le otorgó el triunfo. Más bien se limitó a reconocerlo -y, quizá, a intentar instrumentarlo- y a levantar acta de que el paganismo ya no se recuperarÃa del proceso de decadencia en que habÃa entrado siglos atrás.
Nunca existió un imperio cristiano (a pesar de que el cristianismo fue declarado religión oficial durante un espacio breve de tiempo), pero sà es verdad que algunos de sus principios quedaron recogidos, en mayor o menor medida, en la legislación bajo imperial. Sin embargo, el gran aporte que el cristianismo proporcionarÃa a Roma no serÃa ese.
A partir del siglo III la penetración de los bárbaros en el limes romano se hizo incontenible. Durante algunas décadas se pensó en la posibilidad de asimilarlos convirtiéndolos en aliados. Los resultados de esta polÃtica fueron efÃmeros. En el 476 el imperio romano de Occidente dejó formalmente de existir, aunque, en realidad, estaba enfermo de muerte desde mucho tiempo atrás. Pese a todo, aun con el efecto letal de aquellas invasiones, la cultura clásica no desapareció. El cristianismo -especialmente a través de los monasterios- la preservó. Pero no se limitaron a ello. También salvaguardaron valores cristianos en medio de un mundo que se habÃa colapsado por completo y cuyo futuro era siempre incierto e inseguro. AsÃ, al cultivo del arte se sumó el respeto y la práctica del trabajo del tipo que fuera, a la defensa de los débiles se unió la práctica de la caridad, al esfuerzo misionero se vinculó la asimilación y culturización de pueblos pujantes pero que, a medio plazo, también se rindieron como antaño el imperio al cristianismo.
En el siglo VIII, Occidente se vio acosado por una terrible y nueva amenaza, la del Islam, que aniquiló a su paso todas las sociedades que intentaron defender su libertad frente a él. Durante el siglo siguiente, el cristianismo proporcionó el entramado de una breve reconstrucción del imperio, ahora sobre principios como la preservación de la cultura clásica, la popularización de la educación, la promulgación de leyes sociales o la articulación del principio de legitimidad polÃtica. Sin embargo, se trató de una creación que vino a desplomarse ante el empuje de unas nuevas invasiones más letales que las sufridas durante los siglos III-V. Se produjo entonces una nueva Edad Oscura de consecuencias aún peores y Occidente quedó embotellado entre los asaltos islámicos en el sur -detenidos por los resistentes españoles que desangraron las aceifas islámicas llegadas al sur de Francia- y las incursiones bárbaras procedentes del norte (vikingos) y del este (magiares). En el curso de unas décadas, todos los logros de siglos anteriores desaparecieron convertidos en humo y cenizas. Una vez más, empero, el cristianismo se mostró mucho más vigoroso que sus enemigos. Cuando estos eran más fuertes, cuando no necesitaban pactar, cuando podÃan imponer su voluntad valiéndose solo de la espada, acabaron aceptando la enorme fuerza espiritual del cristianismo y lo asimilaron en sus territorios. Al llegar el año 1000, el cristianismo se extendÃa hasta el Volga.
Las sociedades nacidas de aquella aceptación del cristianismo en su seno no llegaron a incorporar todos los principios de la nueva fe en su existencia. De hecho, en buena medida eran reinos nuevos sustentados sobre el culto a la violencia necesaria para la conquista o para la simple defensa frente a las invasiones. Sin embargo, el cristianismo ejerció sobre ellos una influencia fecunda. La reforma del siglo XI volvió a sentar las bases de un principio de la legitimidad del poder alejado de la arbitrariedad guerrera de los bárbaros, buscó de nuevo la defensa y la asistencia de los débiles, y continuó un esfuerzo artÃstico y educativo que ya contaba con más de medio milenio de existencia. Además, dulcificó la violencia bárbara implantando las primeras normas del derecho de guerra -la Paz de Dios y la Tregua de Dios-, supo recibir la cultura de otros pueblos, creó un sistema de pensamiento como la Escolástica y, sobre todo, abrió las primeras universidades. Es cierto que el aumento del poder temporal de los papas acabó siendo nefasto para la institución, que durante el siglo XIV esta se desacreditó sobremanera con episodios como el Papado de Aviñón o el Gran Cisma de Occidente y que la Escolástica acabó convirtiéndose en un sistema muerto que frenaba más que alentaba el saber. Sin embargo, el cristianismo logró despegar de esas lamentables circunstancias y de esa manera abrió las puertas a la Modernidad.
En el curso de los siglos siguientes, el cristianismo alcanzó grandes logros artÃsticos, culturales y caritativos, asà como el desarrollo económico, cientÃfico, educativo, cultural e incluso polÃtico. Causas como la defensa de los indÃgenas, la lucha contra la esclavitud, las primeras leyes sociales contemporáneas o la denuncia del totalitarismo no hubieran sido nunca iniciadas sin el impulso cristiano. No debe por ello sorprender que el siglo XX haya sido el que ha contemplado un número mayor de encarcelamientos, maltratos y ejecuciones de cristianos por encima de cualquier otro periodo de la Historia. Tanto los campos de exterminio de Hitler como el gulag soviético intentaron, aunque en vano, acabar con una fe a la que veÃan con razón como un oponente radical de sus respectivas cosmovisiones.
Sin duda, los aportes del cristianismo a la cultura occidental han sido grandiosos a lo largo de sus casi dos mil años de existencia. Sin embargo, solo podemos captar algo de su extraordinaria importancia cuando tratamos de imaginar lo que hubiera sido un mundo sin cristianismo u observamos los resultados obtenidos por otras culturas.
Un mundo que se hubiera limitado a continuar la herencia clásica no solo habrÃa resultado en una sociedad despiadada, en la que los fuertes y los violentos se sabÃan protagonistas, sino que además habrÃa perecido ante el empuje de los bárbaros en los siglos III-V sin dejar nada en pos de sÃ. Durante varios siglos, los reinos bárbaros hubieran combatido de manera infructuosa entre ellos para no poder sobrevivir al empuje conjunto de las segundas invasiones y del avance árabe, suponiendo que este se hubiera dado sin un Islam cuya existencia presupone por obligación la del cristianismo.
Durante los siglos de lo que ahora conocemos como Medioevo, Europa hubiera sido albergue de oleada tras oleada de invasores, sin excluir a los mongoles contenidos por Rusia, de las que no hubiera surgido nada perdurable como no surgió en otros contextos. Ni la cultura clásica, ni la Escolástica, ni las universidades, ni el pensamiento cientÃfico habrÃan aparecido como no aparecieron en otras culturas. Además, sin los valores bÃblicos se hubieran perpetuado -como asà sucede en algunas naciones hasta el dÃa de hoy- fenómenos como la esclavitud, la arbitrariedad del poder polÃtico, el anquilosamiento de la educación en manos de una escasa casta tradicional o la ausencia de desarrollo cientÃfico.
Basta echar un vistazo a las culturas informadas por el Islam, el budismo, el hinduismo o el animismo -donde siguen considerándose legÃtimas conductas degradantes para el ser humano- para percatarse de lo que podrÃa haber sido un mundo sin la influencia civilizadora del cristianismo. Y aun asà nuestro juicio no se corresponde con toda la dureza de lo que serÃan esas situaciones. A fin de cuentas, hoy dÃa, hasta la sociedad más apartada puede beneficiarse de aspectos emanados de la influencia cristiana en la cultura occidental, desde el progreso cientÃfico a la persecución de un sistema de asistencia social, por citar solo dos ejemplos.
Incluso en el siglo XX, el olvido de principios de origen cristiano -un origen que suele olvidarse casi siempre- hubiera sumido a la Humanidad en una era de barbarie sin precedentes, bien a causa del triunfo del marxismo o del fascismo-nazismo. Pretender, pues, construir el futuro sin recurrir a sus principios solo puede interpretarse como una muestra fatal de terrible arrogancia, de profunda ignorancia o de crasa maldad. Hacerlo implicarÃa, además, correr el riesgo nada ficticio de ver la resurrección de formas de neopaganismo no inferiores en la gravedad de sus manifestaciones a las que ya conocemos históricamente.
Asimismo, el cristianismo no ha logrado a lo largo de casi dos mil años imponer sus puntos de vista de una manera total. En unas ocasiones esto se ha debido a su propio distanciamiento de la pureza original de su enseñanza -y debemos enfatizar el hecho de que cuanto más se ha acercado al mensaje bÃblico mayores han sido sus resultados-. En otras, a que a vivencia de una ética tan elevada no puede esperarse del conjunto de una sociedad ni tampoco imponerse como se ha creÃdo por error más de una vez. Con todo, su influencia humanizadora, civilizadora, no cuenta con paralelos de ningún tipo a lo largo de la Historia universal. Sin él, el devenir humano hubiera sido un fluir continuo de violencia y barbarie, de guerra y destrucción, de calamidades y sufrimiento. Con él, el gran drama de la condición humana se ha visto acompañado de progreso y justicia, de compasión y cultura.
Todas estas circunstancias, al fin y a la postre, hallan su explicación en las peculiares caracterÃsticas del cristianismo como religión que le diferencian de manera ostensible de las otras. El filósofo español Manuel GarcÃa Morente lo expresó de manera elocuente al describir su visión, repentina e inesperada, de Jesús: "Ese es Dios, que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los consuela, que les da aliento y les trae la salvación. Si Dios no hubiera venido al mundo, si Dios no se hubiera hecho hombre en el mundo, el hombre no tendrÃa salvación, porque entre Dios y el hombre habrÃa siempre una distancia infinita que jamás podrÃa el hombre franquear... Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchÃsimo más que yo, a ese sà que lo entiendo y ese sà que me entiende" (El Hecho extraordinario). Juan lo habÃa expresado de forma más sencilla veinte siglos antes al escribir que Dios habÃa amado tanto al mundo que habÃa enviado a Su Hijo para que el que en Él creyera no se perdiera, sino que tuviera vida eterna (Juan 3, 16). Lo que, por último, ha hecho diferente al cristianismo a lo largo de veinte siglos, lo que le ha convertido en base sólida y fecunda de desarrollo y progreso, de libertad y amparo de los desfavorecidos, de cultura y ciencia es la propia persona de Jesús. Precisamente por eso, el cristianismo no ha proporcionado solo sentido para la vida presente, sino que es también una garantÃa de esperanza futura.