"Dura" la llamó Dante, pedregoso poeta de la piedra. Tan suave, en verdad y cedente que da paso, cuando la primavera engendra al pueblo verde, a los más delicados botones, a los hilos de húmeda seda de las hierbas tiernas.
"Desnuda" la califica el habla común: "dormir sobre la tierra desnuda". Ni siquiera en los desiertos lo es, como tampoco en los pedregales de las cordilleras, donde el esmalte árido y frágil del musgo cubre el helado y enemigo borde de los despeñaderos.
"Fría" la denomina el pagano Carducci. Tal puede parecerle a quien sólo piensa en la marmórea y helada corteza de los cementerios. De la madre tierra -o hermana tierra, mejor- no conocemos más que la piel, ya rugosa, ya lisa. Mas la tierra, como todas las madres, tiene su entraña, su vientre. Una entraña profunda, un vientre tibio y fecundo. Pocos son los que bajan a él. Lo conocieron, en los primeros siglos después de la Crucifixión, los cristianos y las cristianas de las catacumbas. Lo conocen, demasiado, por cierto, los negros mártires del culto ferroviario que son los mineros de hoy. A todos nosotros, como granos que deben esperar la resurrección al calor del postrer fuego, nos depositan finalmente en la tierra, bajo tierra, en el seno y el vientre de la tierra. Por eso la epidermis de la tierra está constituída, casi en todas partes, con el polvo de los muertos. El desterrado que al volver a la patria se arroddla y besa el suelo cumple una acción religiosa de lo que el mismo cree: besa los restos purificados de los antecesores. Cuando marchamos, indiferentes o frenéticos, por la superficie de la tierra, pisamos, en verdad, lo que fué un día carne sensible de seres vivos.