Relatos - 19-07-08 02:32
La muerte de mi padre


El 2 de octubre de 1955, a las 7.15, la Compañía de Aviación Faucett S.A., despachaba al Cusco su avión de itinerario, Douglas DC-4 N° 50, al mando del aviador civil Carlos Waite García, quien con 29 años de edad, tenía 14.000 horas de vuelo, record mundial a esa edad. Por aquella época el piloto Waite, estaba dedicado a la instrucción de pilotos para la Compañía. La circunstancia especial del viaje al Cusco de la señora norteamericana Sydia Sholtz, esposa del gerente regional de la Compañía de Aviación Panagra en América del Sur, hizo decidir a los directivos de Faucett a confiar al piloto Waite el comando del cuatrimotor, pese a que hacía tiempo estaba dedicado a la instrucción de pilotos. Es así como encuentra la muerte con parte de su pasaje. Completaban la tripulación de este Douglas DC-4 remozado que antes fue un C-54 A de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos de América, Alejandro León Céspedes, como copiloto y las aeromozas Pierina Repetto Saona y Beatríz Silva Delgado. Llevaba 22 pasajeros entre adultos y niños. El avión avaluado en más de de diez millones de soles oro, había sido transformado en 1954, en los talleres que tenía la Compañía de Aviación Faucett S.A., en el campo de Santa Cruz. "Era un moderno avión comercial de lujo, con todas las comodidades exigibles para el pasajero; cabina con aire acondicionado, equipo musical de parlantes, bufette y otros aditamentos" (La Aviación en el Perú, capitán EP (r) Alberto Fernández Prada Effio, Tomo II, Lima, 1975). Sus motores desarrollaban 58.000 HP; tenía un techo de vuelo de 25.000 pies y 73.000 libras de peso bruto. En su vuelo al Cusco al no recibir la llamada reglamentaria que hacen los pilotos al pasar por la laguna Choclococha, la torre de control procedió a llamar al avión por radio e igualmente a las estaciones del Cusco, Urcos y Pisco, pero sin resultado. Luego, al sospecharse un accidente, la Compañía envió otro avión en su búsqueda, comprobando que en los contrafuertes de Yauyos, a inmediaciones del pueblo de Víñag, el DC-4 se había estrellado, pero se apreciaba señales de vida. Por declaraciones de los sobrevivientes, fue una falla en los motores lo que originó la tragedia y la muerte del capitán Waite, su copiloto León Céspedes y algunos pasajeros entre ellos 2 bebés mellizos. Refieren, que ante la inminencia de la tragedia, el piloto trató de hacer un aterrizaje forzoso, lo que logró, pero con el ala izquierda averiada pues antes había rozado contra un cerro y al tocar tierra, el avión chocó violentamente contra una gran piedra que había en el reducido campo, que tenía cerca de 100 m de largo y estaba a 3.400 msnm, revirando y destrozándose, dejando los alrededores cubiertos de muertos y heridos a tiempo que se producía el incendio. Posteriormente el guadia civil Manuel Balta Medina que salió ileso, relató para los periódicos de Lima que fue precisamente, por la forma tan serena como actuó el piloto Waite, que no murió todo el pasaje, aunque esto costó el sacrificio consciente de él y su copiloto. Cuenta el guardia Balta: "Yo sentí miedo, cuando en pleno vuelo el avión comenzó a sacudirse violentamente, apareciendo el letrerito de "No fume"; luego perdió altura, pero la pericia del piloto surgió y trató de aterrizar. Vino un estrellón y caí hacia adelante sobre un asiento. Logré salir del avión y ayudado por otros sobrevivientes, saqué tres niños y otros pasajeros". La señora Julia Saymour, declaró casi igual, asegurando que no hubo mal tiempo; mientras que el pasajero Daniel Pedraza Ramírez, extenuado y herido logró llegar a la civilización dando cuenta de la tragedia, lo que complementó otro pasajero, el señor Carlos Saldaña en el puesto de la Guardia Civil de Viñag. Desde Huangascar se despacharon expediciones de socorro y rescate a los heridos, la que fue penosa, debido a que en la zona, no se encontró cooperación de los moradores, sino al contrario, una indiferencia censurable, más aún que hubo pillaje en el avión siniestrado. La altura del siniestro, 3.400 msnm, hacía imposible el uso de helicópteros. A lomo de bestia fueron conducidos algunos sobrevivientes heridos, incluidas las aeromozas, que en forma humana ayudaron a otros heridos. Ellas por haberse resguardado en la parte posterior de la nave con otros pasajeros, salvaron la vida, no así los pilotos que murieron en la cabina de mando destrozados. La señora Sydnia Sholtz, salió herida de la tragedia.

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